El juguito de la bolsa
Credito de la imagen: xisburguerposadas
Todos los días a las 13.30 salía de su concentración laboral que lo mantenía compenetrado en las planillas excel y los mails de outlook, cerraba cesión, se levantaba de su escritorio, iba al baño a orinar y a lavarse las manos. Era una rutina diaria. Era un método casi cabalístico en los días de semana. Se tomaba el ascensor con su compañero de escritorio. Estaban en el séptimo piso de un edificio del centro de la ciudad. Todo el barrio tenía una dinámica similar. Era la hora de almorzar en el centro comercial de la ciudad. No le gustaba ir a los restaurantes vecinos: no le gustaba los platos que ofrecían. Según él, medio en broma medio en serio, los platos de los locales de comida no eran suficientemente sucios. No tenían el sabor de una plancha de carrito de comida mal lavada, el rastro de alguna cucaracha aventurera que se animaba a pasear por el hierro tibio luego de que terminara la atención al cliente, algún pelo de ratón abandonado sobre la superficie de la mesada. Los japoneses tienen un nombre para la costra que se va formando en el wok con el uso y el paso de los año. Ellos creen que ahí está el sabor que le brinda unicidad a los platos que cocinan. Tratan de no lavarlos. Prohíben sacarles la santa costra. Algunos son limpios, los japoneses. Algunos son limpios, los carritos.
Fan de los trailers (como le dicen en la frontera con Brasil), de lunes a viernes los visitaba sin faltar ni un día. Algún fin de semana de juerga, al salir del boliche, terminaba parado entre el mostrador y la lona transparente de algún carrito de Montevideo, apoyado en el pizarrón con las ofertas más atrayentes: baurú doble y coca cola chica, hamburguesa completa con doble carne. Este hombre sabía qué pedir, cómo lo iba a comer y qué, de las decenas de cosas mostradas en la vitrina, le iba a poner a su baurú doble. Ketchup, picantina y mayonesas, de pomos. De las fuentes de pickles, elige aceitunas, criollita, hongos, catalanes, chimichurri y morrones encurtidos. Todo puesto doble sobre el pan. La chica que lo atendía lo conocía y sabía exactamente cuánto poner de cada cosa. De mayonesa debía ponerle el doble que las demás salsas. Las aceitunas rotas que ofrecía el carrito eran sus preferidas. Cada vez que las señalaba para que la chica que lo atendía se lo agregara al pedido, él se preguntaba por qué la gente compraba aceitunas enteras, y aceitunas con carozo! ¿Cuál es la lógica en comprar aceitunas con el carozo: pesan más, dan el doble de trabajo manjeralas, hay que estar sacando el carozo de la boca con la mano, y es imprescindible tener un recipiente donde todos los comensales dejen los centros de aceitunas chupados? Desagradable, poco práctico y económicamente desfavorable.
El pensamiento siguiente , asociado al primero cada vez que iba al carrito, cual si fuera una ritual era: acá le decimos baurú al xis gaúcho, al xis de Rio Grande del Sur. Allá baurú es con churrasco, no con hamburguesa. El baurú original en brasil es con pan francés sin miga y lleva un churrasco, queso y tomate, y es originario de San Pablo. Su creador le puso Baurú para homenajear al municipio de esa ciudad.
El xis es una deformación del cheeseburguer, y ya poco se relaciona con la hamburguesa, a no ser por la carne. A la palabra xis generalmente le sigue el nombre de la proteína principal que va a tener, por ejemplo: Xis corazón, es un xis de corazón de pollo; xis-frango, es un xis de pollo; xis-salada es la combinación clásica de hamburguesa vacuna, lechuga y tomate (de ahí la palabra “salada” / ensalada). Hay de todos los gustos y para todos los gustos: xis-frango, xis-porco, xis-corazón, xis tudo (que lleva todas las proteínas disponibles), etc. Todos, sin excepción, generan juguitos.
Vestía camisa celeste ajustada al cuerpo, saco azul marino, así como sus pantalones chupines, corbata negra al igual que sus brillantes zapatos. Llegaba al carrito con paso de verano. Sus lenguajes, el verbal y el corporal, indicaban intimidad con el entorno. Estaba en su salsa. Era ahí donde quería estar los mediodías. No quería ni sillas ni aire acondicionado. Estaba a gusto. Ansiaba llegar a su objetivo, a lo que verdaderamente lo llevaba a los carritos: el resto líquido del baurú que escurría hasta el fondo de la bolsita en el que había sido servido. Esa mezcla de las salsas, los pickles, el jugo de la hamburguesa y alguna cosa más que chorreara aceitosa hasta el pico inferior de la bolsita de nylon era su vicio, era en lo que pensaba mientras hacía su viaje diario en el 121, de pocitos al centro. Arriesgaba su traje, su camisa y por veces su corbata, comiéndose tan callejero banquete, y añorando con ansias extremas llegar al juguito de la bolsa. Era la razón de su mediodía, el motor que lo llevaba de su casa al trabajo todos los días. Era el consuelo al que se aferraba cuando los días del laburo no eran de los mejores.
El juguito de la bolsa es de las mezclas más sabrosas de la comida al aire libre. La mezcla de jugos chorreados sobre la bolsa han logrado un nivel único de combinación, se han amalgamado de tal forma que han llegado a un sabor homogéneo, intenso e inconfundible para cualquier hijo de vecino que alguna vez haya comido en un carrito de comidas y que haya chupado la bolsa dandola vuelta sobre sí misma, en el interior de la boca, con el propósito inconsciente de alcanzar el líquido en su totalidad.
El juguito de la bolsa entra en las exquisiteces de la cocina uruguaya. Debe cuidarse, difundirse y saborearse con la misma devoción que el dulce de leche, la carne, el flan con dulce, el alfajor. El juguito de la bolsa solo existe en la comida callejera, y es el subproducto estrella por excelencia.

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