Isolina
Isolina fue miembro de mi familia durante muchos años. Desde antes de que naciera, y hasta casi los 18. Fue empleada doméstica en mi casa, luego fue apoyo de una decena de niñeras que me acompañaron de niño. No fue fácil para mí, mucho menos para ellas. No fui un niño que con dos autitos y una buena frase me veía persuadido a jugar en el piso de la sala por un buen rato. Un infante demandante, más bien. un niño aburrido, con caprichos y actitudes de niño mimado. Fui creciendo. Las niñeras variaron. Mis actitudes también. Maduraron muy lentamente, pero maduraron al fin. Isolina acompañó todas esas etapas, las vivió conmigo y, no tengo duda alguna, las padeció.
Isolina me malcriaba más que mis abuelas: me llevaba pan con manteca y la mamadera con leche con nescau a la cama, mientras yo miraba dibujitos; me guardaba un platito de comida en el fondo del horno, en épocas en las que me controlaban la cantidad de comida que comía. Después de almorzar oficialmente, esperaba una rato y bajaba a buscar algo extra que la Iso me había reservado sin que hubiera, para ello, un diálogo previo. Ella sabía que era poco lo que había comido, sabía que iba a volver a buscar algo. Era una especie de abuela, cómplice y compañera de travesuras. Las tardes de lluvia Isolina me hacía pop o, como se dice en Rivera, pipoca. Pipoca salada, porque en Rivera el pop es salado por defecto, así como acá en Montevideo el pop se sirve dulce por defecto. En mi mente los días de lluvia no son de tortas fritas, son de pipoca. Con ella aprendí a hacerlas en una olla, con aceite, sacudiendo cada tanto fuera del fuego, para que no se quemaran. A Isolina nuuuunca se le quemaba la pipoca. Era una samurai del pop. Impresionante. Aprendí con Ella que con un poco de aceite y llenando la base de la olla con una sola capa de maíz lograríamos llenar la olla de palomitas. Era la referencia. No falló nunca. No falla nunca. Suelo hacerle a mi hijo el ritual que heredé de Isolina. Le hago pop salado en olla los días de lluvia. No en microondas. En olla. Le encanta. Como me encantaba a mí cuando tenía su edad.
Pero más allá de todo pop, tenemos que hablar del tuco de pollo de Isolina. Un tuco de pollo único, de un sabor exquisito y un color muy singular: anaranjado! Un tuco naranja no es fácil de lograr. He intentado varias veces reproducirlo sin más pista que zanahoria rallada y, claro, pollo. No pude. Logro hacerlo rico, pero ni remotamente parecido. Mucho menos anaranjado. Seguramente sea un simple detalle el que no logro ver. Es tan simple que no lo veo. Maldición! las veces que se lo pregunte, me lo explicó con tanta falta de detalles que la receta fue tan agradable como inútil. “Panchito, le pongo zanahoria rallada, tomate, un poco de aceite, sal y no mucho más” Imposible reproducir algo tan genérico! Lo simple es lo más difícil de lograr en la cocina.
El tuco de pollo de Isolina, los tallarines caseros, o del tipo caseros, son un recuerdo calentito, acogedor de mi infancia. De esos recuerdos que, más allá del plato, podría vivir en él. Después de unas horas, cuando la pasta estaba tibia ya, el tuco era más delicioso aún. Los tallarines no terminaban de absorber nunca el caldito de la salsa y la mezcla se amalgamaba en una pasta más espesa, sabrosa y fácil de comer. Y era ese plato de tallarines tibios, con el tuco de pollo único y un poquito de queso rallado, el que me esperaba en el horno, al rato de haber almorzado.

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